Por Isabel Villalta
Era la tarde. Sábado 29 de agosto de 2026. Ofrecido todo el recinto. Iban llegando los amigos. Qué alegría. Cuando todo estaba a punto en el escenario y terminó la viveza de los saludos, mientras había sonado como una nostalgia lejana Endless Summer in Nice, 1960 que creó ambiente, nos encontrábamos todavía a dos luces. Era el momento más ambiguo del día. Como la luna que empezaba a remontar, como las estrellas que competirían en los espacios opuestos, aquí estábamos para iluminarlo, para con acordes y palabras con nota combatir a las sombras. Qué hermoso es el lenguaje, el medio para interrelacionarnos y comprendernos los hombres, el código que los humanos crearon y acarreamos los herederos continuos como el mayor tesoro del paso por lo cotidiano y el vuelo.
En un extremo del mundo, estábamos esa
preciosa noche, “extremistas apreciando más la cultura que el dinero”, en
paralelo al mensaje de Quino a través de Mafalda. Sintiéndonos afortunados,
protegidos de nuestra propia entonación de los cantos que nos brotaron del sentir
y la memoria en los momentos de soledad y silencio, los importantes, los que
nos interpelan a nosotros mismos y nos obligan a hablar con sinceridad y que lo
que aflore y se plasme sea veraz, hondo como lo vivido y sentido. Cantos
diversos de cada poeta y relator cual si en honor de la diosa Flora romana que,
ya, recogía tradiciones ancestrales porque los hombres somos espíritu,
sentimientos que nos elevan o que tantas veces nos hieren.
Frases y versos que lloraron esta noche del sábado 29 de agosto a personas muy queridas que nos han dejado este año, Resti Contreras, tan generoso y entregado a Raíz y Rama, tan honesto, humilde y querido, al que varios poetas que lo apreciaban con una razón profunda le dedican su poema en las páginas, y el hermano de quien redacta, Manuel Villalta, mi único hermano con tanto curso de vida juntos combatida o gozada, que también tiene impreso el sentido recuerdo y a cuya memoria igualmente le dirigieron palabras quienes lo conocieron. Sonó en el micrófono una gentil balada grabada por Rafael Fraguas, querido amigo, personaje eminente, interpretada con su voz y su guitarra, La plage, en su terso francés, que mi hermano, siempre con el gusto por la vida, aún la tarareó en español quince días antes de su fallecimiento en marzo. Muchas emociones.
Así es. Presentábamos el nº 17 de la Antología literaria, Noches Estivales, donde han escrito un cofre de autores excelsos y ha sido ilustrada por el gran poeta y artista Dionisio Cañas. Magnífico fondo lleno de eco y de colorido hasta llegar, tras 200 páginas, como síntesis lírica, a “Las palabras después de la mudez”.
El acto dio su comienzo. “Bienvenidos al
décimo cuarto Recital de Música y Poesía Raíz y Rama-Noches Estivales”, les
diría esta voz desde el micrófono -que nos prestó con desprendimiento Antonio
Jiménez Alhambra a través de su formidable padre, nuestro muy querido amigo
Cosme-, que potencia y espolvorea lo escrito ahora ya en libertad, entregándole al mundo los
momentos del cuajar de la poesía. Bienvenidas, estrellas
fulgentes.
Y los poetas y
narradores dijeron, cada uno con su voz poderosa y su tono irrepetible,
alternándose con las composiciones musicales de cuatro componentes de la
agrupación Ad-Líbitum que, en paralelo de intención como recoge la revista,
homenajeaban a Federico García Lorca. A él este año el habitual tributo de la
publicación al cumplirse 90 años de la atroz ejecución del poeta, de la enorme
persona en la cultura literaria de España, el poeta y dramaturgo universal.
Sonó un repertorio lorquiano brillante que, al final, tuvo el broche de una
lectura dramatizada a cinco voces del último canto de la elegía Llanto por
Ignacio Sánchez Mejías, “Alma ausente”. Un poema premonitorio en el que podemos
ver a Lorca no solo llorando con desgarro, en una composición espectacular y
estremecedora de diversos registros líricos, al amigo torero corneado de muerte
en la Plaza de toros de Manzanares, sino a todos los hombres, “porque te has
muerto para siempre / como todos los muertos de la tierra”, y su propia muerte
ya en esa fecha de 1934 en dramáticos ciernes.
El sábado 29 de agosto departimos,
después de todo un embeleso y esplendor de vida literaria y musical, en torno a
unos platos y copas bajo la luna llena y nos entrelazamos de afecto antiguos y
nuevos amigos. El público que nos acompañó, personas que aprecian Raíz y
Rama y sus veladas estivales, también extendieron con su paypay de
sensibilidad cultural el fulgor.
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